Asertividad: Un Problema de Emoción, más que de Comunicación

La calidad de nuestra comunicación con los demás está directamente relacionada con la calidad de nuestra comunicación con nosotros mismos: si nos tratamos de manera auto-exigente y nos gritamos a nosotros mismos, acabaremos gritando a los demás; si somos condescendientes y pasivos con nosotros mismos, lo seremos con los demás.

Según los hallazgos del Dr. Albert Mehrabian, profesor emérito de Psicología de la Universidad de UCLA, la credibilidad de un mensaje depende de tres factores relacionados con ese mensaje: el mensaje en sí (el contenido), el tono y aspecto verbal del mensaje (como se pronuncia), y el visual (como la persona lo transmite con el cuerpo y en gestos). Lo más importante de su investigación fue que el contenido en sí suele contribuir solo en un 7% en la credibilidad del mensaje, mientras que el verbal un 38% y el visual el 55%.

Podemos elegir bien las palabras para transmitir el mensaje, pero nuestro interlocutor se fijará en un 38% en el tono con el que lo transmitiremos, y en un 55% en su aspecto visual y nuestros gestos que lo acompañan. Podemos decir que estamos muy bien, pero si el tono y el aspecto visual no acompañan al contenido de ese mensaje, nuestro interlocutor acabará creyendo más en esos aspectos antes que en el mero contenido.

Y esto nos pasa a nosotros mismos también cuando nos juzgamos ante ciertos acontecimientos e iniciamos un auto-dialogo interior acerca de cómo nos vemos a nosotros mismos. Algunas veces nos regañamos tanto como para percibir que “nos gritamos” a nosotros mismos las cosas; otras veces nos acompañamos con frases más suaves, comprensivas y compasivas.

Y todo esto genera emociones en nosotros mismos. Y bajo esas emociones funcionamos por la vida.

Lo más trascendente en todo esto es que las personas que suelen tener un auto-dialogo autoritario y exigente, acaban con altas cargas de estrés como consecuencia de ese “conflicto” entre la parte de sí mismos que juzgan como ineficaz, y la parte exigente de sí mismos que juzga autoritariamente a esa otra como “ineficaz” . ¿Cómo nos sentiríamos si a diario tuviéramos a lado a una persona que nos regaña continuamente?

Ese será el estado de ánimo bajo el cual observaremos todo lo que nos ocurre y con el que actuaremos con los demás.

Esto provoca automáticamente una extrapolación de ese estilo de auto-comunicación a las relaciones con los demás. De hecho, nadie trataría a alguien de una manera con la que no le gustaría ser tratado, pero todos acaban tratando a los demás de la manera que más conocen, que será la más habitual que apliquen, es decir aquella con la que se tratan a sí mismos. Subconscientemente, si usamos un estilo primordialmente autoritario con nosotros mismos, lo más normal es que si es tan bueno que lo usamos para nosotros en ciertas situaciones, ¿por qué no usarlo para los demás en situaciones parecidas? Así es como suele pensar el subconsciente.

Esto reduce la asertividad a un problema de emociones ya que en más de una ocasión nos daremos cuenta que aún sabiendo que no queremos decir las cosas de una manera agresiva, acabamos “perdiendo la paciencia” y diciéndolas precisamente de esa manera. ¿Por qué ocurre eso? Porque perder la paciencia es una componente emocional que es mucho más poderosa que la habilidad práctica de comunicar algo según un estilo o método “políticamente correcto” o “asertivo”.

Mientras no resolvamos el aspecto emocional vinculado a nuestro sentir y a la gestión eficaz de cómo esa emoción toma forma se desarrolla y da lugar a un comportamiento en nosotros, por muchas habilidades que tengamos, acabaremos expresando esa emoción por encima del método asertivo del que dispongamos y por encima de nuestro potencial de habilidades eficaces de comunicación positiva que podamos aprender en un curso: la necesidad de expresar la emoción suele ser siempre más fuerte que la concentración como para contenerla y controlarla; incluso cuando pensemos que la estamos controlando eficazmente, puede que no nos demos cuenta, pero el tono de voz y el aspecto físico de nuestra comunicación no verbal pueden acabar delatándonos.

Para ser realmente asertivos entonces, es muy importante tomar consciencia de nuestro dialogo interior, nuestras emociones, y decidir que queremos hacer con ellas antes de aplicar las distintas maneras y conductas de asertividad. Aceptar esa emoción, comprender porque está ahí, que nos quiere decir, cual es su intención positiva, agradecer su función, y dejarla marchar una vez que hayamos extrapolado su esencia para nosotros.

Así es como transformamos la emoción en una real oportunidad de aprendizaje y como esa oportunidad se convierte en un aliado que nos ayudará a manifestar con eficacia lo que queremos decir, esta vez bajo una manera de hablar que canalice a esa emoción de una manera fluida y constructiva.

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